José María Serrano
La Danza Eterna de las Musas
PRÓLOGO
Una de las más antiguas definiciones de poesía que conocemos se remonta al sofista Gorgias y se limitaba a señalar que poesía era «discurso sometido a metro» (Hel. 9).
Basada en principios tan generales como la recurrencia y el ritmo, la poesía exigía el respeto escrupuloso a un corsé formal que todavía hoy seguimos llamando ‘métrica’: era lo que la hacía reconocible y lo que a menudo bastaba —rasgo también fundamental desde una mentalidad antigua— para incluirla dentro de uno de los géneros literarios establecidos (épica, drama o lírica).
Tal definición ha resultado válida en lo fundamental hasta hace muy pocas décadas. Mi generación todavía leía textos en sílabas contadas en Bachillerato y durante los primeros
cursos de Universidad, ya que se incluían en programas de Literatura Medieval y humanístico-renacentista de intención formativa; y hasta conocía la existencia del TNT (el manual de métrica del célebre capicúa, D. Tomás Navarro Tomás), obra de consulta obligada. Algunos llegamos a estudiar luego métrica griega y métrica latina, ya fuera en las clases de traducción de textos o como asignaturas anuales específicas que se impartían por entonces en algunas facultades con la especialidad de Filología Clásica (o tempora!).
Por supuesto, admirábamos —o, más bien, envidiábamos— las poderosas, timbradas recitaciones del gran vate Agustín García Calvo, tanto en griego o latín como en castellano.
En realidad, nuestra atención o afición al metro empezaba a ser ya epigonal; muy pocos años más tarde, cualquier estudiante de clásicas podía acabar sus estudios de licenciatura
sin saber medir correctamente ni siquiera hexámetros, y no digamos en la actualidad tras pasar por los llamados estudios de grado y de posgrado, vergonzantes pseudolicenciaturas cuyos sufridos egresados desconocen, a menudo, los rudimentos más elementales tanto en materia métrica como en las demás. Es el resultado lógico de una educación enajenada por analfabetos políticos de toda secta (aunque siempre de la misma ralea y de la misma perversa intención).
Y, si esto ocurre entre supuestos peritos mejor omitir la referencia al lector medio que, a menudo, no ha reparado siquiera en la existencia del metro, o incluso al poeta consagrado
por las editoriales y su marketing, que tampoco lo ha hecho jamás y que considera que escribir poesía consiste en ignorar minuciosamente una tradición de siglos —a veces incluso despreciándola— y en escribir líneas que no lleguen hasta el final del renglón, garabateadas con la expresión de sus sentimientos más sinceros, como si la poesía fuera cuestión de feeling y obscenidad emocional, como si a alguien le importase mínimamente lo que tal autor, en cuanto individuo, desee declarar.
La voz de alarma la dio muy bien un sabio como Ernst R. Curtius, con su habitual desparpajo, al referirse —en una de las obras más importantes del siglo XX, todavía imprescindible en muchos aspectos— a los peligros del mal llamado «verso libre»: la poesía sin metro (entendido como
elemento fundamental para procurar el ritmo) apenas podía ser tal; añadiríamos más: tampoco su barato contenido nos emocionará nunca.
Estas breves reflexiones previas han surgido, espontáneamente, de la lectura de la obra de José María Serrano Royo que aquí prologamos y que responde al bello, eniano título de La danza eterna de las musas: un diccionario de metros (y afines) que incluye términos que van, nada menos, del ‘acróstico’ al ‘zéjel’. Rara avis, singularísimo producto que no podemos detenernos a desmenuzar aquí, ya que no se nos ha pedido una reseña, sino una mera introducción.
Lo que el autor nos ofrece, sobre todo, es una recopilación de poemas suyos que ilustran, una a una, las formas métricas inventariadas. Es un apasionado libro de poesía, no un manual; no un cúmulo de erudición, como la que hoy podemos hallar mediante un simple clic en Internet
(si buscamos bien…), sino un itinerario personalísimo por algunos de los ropajes más habituales de la poesía desde la Antigüedad hasta nuestros días. Al autor no le preocupa
especialmente la bibliografía especializada y le basta, a menudo, con autorizar sus aserciones remitiendo al DRAE, así como con apuntar que el acróstico es «una composición
poética muy antigua», que el carpe diem «procede de la oda de Horacio (65 a. C.-8 a. C.) a Leucónoe (mujer admirada por el poeta)», que la elegía «se ha cultivado desde la Antigüedad
», que en un hexámetro el último pie es «espondeo o troqueo» o que «el himno, como tema religioso, tiene un origen muy antiguo y fue ampliamente practicado por los griegos, siendo Píndaro (c. 518-438 a. C.) el más famoso de los compositores de aquella época». El lector deberá proseguir la indagación si desea perfiles más precisos o mayores detalles; pero también puede quedarse ahí por lo general, si solo desea disfrutar de la lectura y llegar a intuir en qué
consiste esa rara obligación del metro. Muy pocas veces se nos ofrecen juicios teóricos o estéticos: así, a propósito de la lira que guarda, en opinión del autor, «una excelente
relación rítmica y sonora», o del locus amoenus, tipo de «composición poética» que «merece el uso de versos de arte mayor», por lo que, en consecuencia, tales versos recibe para la ejemplificación.
Como se ve, el criterio seguido es amplio y carece de cortapisas enojosas, de modo que el autor no ve inconveniente en lematizar un «tipo de literatura» como la «gnómica», el «paralelismo» («un procedimiento estilístico literario que se ofrece bajo diversas formas») o tópicos como el del carpe diem (en sus múltiples variantes: collige, virgo, rosas, tempus fugit, etc.) o el del locus amoenus y su contrapartida lógicoretórica (locus eremus). No se trata de formas métricas, pero
—según nos sugiere el autor, muy intuitivamente— pueden considerarse formalizaciones tan estrictas, a veces, como las del propio metro. Tiene plena razón en ello. Todo el libro que aquí prologamos es un ejercicio de libertad; el autor selecciona a su gusto, atento tanto a lo popular —y a menudo jocoso, ya que la obra rezuma buen humor—, como a lo autobiográfico. La obra que el lector tiene en sus manos es, sobre todo, según hemos apuntado ya, la de un amante
de la poesía y de la música, un amante recalcitrante, atento a sus predecesores literarios y miembro o eslabón (valga la metáfora y las servidumbres que esta sugiere) de una tradición
que inicia —que hoy sepamos— el buen Homero y a la que José María Serrano quiere hacer particular homenaje, antes de que nos resulte todavía más extraña.
Antes, decíamos que la voz de alarma la había dado Curtius hace unos setenta años. Mucho más diplomático que el erudito alemán, y sin alarma aparente, daba sus voces desde la prensa de hace solo unos días otro sabio, Francisco Rico: «La poesía durante siglos ha sido una forma: métrica, rima, estrofa… Dentro de eso, puede haberla buena o mala, pero por definición tiene una marca formal. Esto se ha perdido. Hoy la poesía no es la forma. […] El cambio es radical.
La poesía era forma. Hoy, fondo». A ese mismo recordatorio tragicómico se une hoy, eficazmente, el libro que el lector se dispone ya a hojear y a disfrutar… Tolle, lege!
Ángel Escobar
Universidad de Zaragoza
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