Rojo Cadmio 690

José María Serrano

Rojo Cadmio 690

Tercer Premio I Concurso de Poesía Antonio Vidal 2002

Nací con un Big Bang.

En Pangea ya existían

los incubos.

Sueño con el eunuco

Pothin

y el preceptor

Teódopo.

Odio al áspid

que envenenó a

Cleopatra.

Borracha me deleito.

¿Por qué no me crees?

Yo no lloro tras la puerta.

Un sexagenario me llevó a París.

¡Júpiter!

Jamás seré una diosa.

¿Alguna vez fui virgen?

 

Tu piel me huele a fresno.

¿Y el fresno?

Déjame que lo piense…

A noches yuxtapuestas,

a sirenas enloquecidas,

a hiel derramada

entre cañaverales

podridos.

 

Los órganos sexuales

de Urano,

descuartizados por su

hijo Crono,

fecundaron las olas

engendrando a Afrodita.

Me repugna el marisco.

Sólo puedo responder

a una pregunta.

¿Cuánto?.

 

Un americano.

mordiéndome las nalgas,

me escribió:

Beautiful.

Tenía la pen (pluma)

torcida

en su baño relajante.

 

Entre herraduras de plata

busco la piel

de un sapo que agoniza

decapitado

por una cimitarra

sangrienta.

Indiferente y apática

contemplo al sátiro

(hediondas sus pezuñas)

esposado a las rejas

de Gehena.

 

El congrio se recrea

entre las valvas.

Un enano suda y vomita.

Abrirle paso a un extraño,

mi últmo deseo.

Hoy miro a la ventana.

En mi universo

no moran estrellas.

Cabezas con cola

gravitan

alrededor

de mi ombligo.

 

Todos los vértices

de las esquinas

callejeras

apuntan a un mismo lugar

de mi cuerpo.

 

Mis sueños no responden

a la realidad.

Mi realidad son los sueños.

 

Aúllan los peces

golpeándose

contra los nenúfares.

Luego se descomponen

en la caverna

irredenta.

 

Si amara alguna vez

lo haría entre los sauces,

acompasada al susurro del arroyo,

lejos de cenicientas

sábanas salpicadas

y colchones de crujientes

muelles herrumbrosos.

Al primer canto del ruiseñor

me dormiría.

 

De mi ventana pende

una rama seca.

Creo que no es de olivo.

Debía estar borracha

cuando la colgué allí.

Alguna vez la he regado

con lágrimas,

pero nunca reverdece.

 

Me sofocan los techos

mal pintados.

La luz refleja

en los plafones

agónicos destellos.

Si una mosca llega

a posarse sobre otra.

sonrío.

 

No me pidas los labios;

no tengo.

Se quedaron pegados

a otros

un atardecer.

Los tuyos no me sirven.

 

No me gustan las flores.

Se dejan fecundar

gratuitamente,

y les roban el polen

además.

Existe oculta estupidez

entre sus pétalos.

Los vidrios y espejos

crujen a mi paso.

¡Malditos!

Ya sé que soy yo.

 

Cada otoño

recibo con agrado

a mis amigas.

Son las hojas

caídas de los árboles.

Las piso y no se quejan.

 

Me río de la muerte

vestida de negro

y con guadaña.

Me aterra

la vida desnuda.

Me cruzo con un

perro callejero.

Somos dos.

Hace frío.

Mi abrigo de piel negra

absorbe todas las luces

nocturnas.

Me aprietan los zapatos.

Mañana es ya hoy.

Ese bar nuevo

de la esquina

ha sido un éxito.

Siempre tan lleno de putas.

 

¿Qué imaginará el zorro

bajo el rojo cadmio

de mi plumaje?

Soy auténtica

pitanza meretriz.

 

José María Serrano